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Durante el último mes he buscado maneras para lidiar con la intensa inquietud que rodea la vida de mi país, Honduras. He procurado informarme cada día al detalle con los múltiples mensajes que recibo desde la resistencia y he tratado de responder y compartir aquellos más urgentes y necesarios; he aprendido a manejar mi disgusto ante las intenciones tendenciosas de la mayoría de los medios de comunicación nacionales e internacionales que insisten en que aquí “no pasa nada” y que tenemos un “nuevo gobierno constitucional”; he intentado transformar en palabras mis más íntimas experiencias y frustraciones ante quienes se acomodan a lo fáctico e ignoran los golpes y sus muertes.
En fin, como miles de compatriotas aquí en Honduras, he hecho mi mejor esfuerzo por ir sobrellevando estos días golpeados, siempre luchando por defender mi humanidad y la de mis hermanas y hermanos, es decir todas y todos los hondureños que han salido a las calles repudiando el Golpe de Estado, sorprendiéndome siempre de la solidaridad y el cariño que sabe llegar desde rincones inesperados del mundo.
Pero hoy más que nunca mi corazón se ha visto asaltado de repente, justo después de recibir un simple mensajito, a penas informativo: alguien compartió conmigo que Roberto Micheletti, cabeza del régimen de facto, había recibido el día de hoy atención médica para controlarle la presión.
Inmediatamente imaginé el eco de reacciones que esta noticia podría estar suscitando: pensé en quienes con suspicacia estarían expresando su alegría con algún juego de palabras; también pude casi escuchar los calificativos subidos de tono que en su vaivén han servido de válvula de escape ante la indignación; pude casi visualizar las palabras de llamado de atención de quienes se inclinan por posturas más mesuradas y podría seguir especulando sobre miles de otras reacciones posibles.
Sin embargo, yo no sentí nada de eso.
Pero antes de seguir con lo que de verdad quiero compartir, reitero que desde el día uno y hasta el 33 que es hoy, siempre he estado clara en que mis principios me obligan a ser firme y desconocer contundentemente que el Sr. Micheletti sea “el nuevo presidente” al igual que desconozco a las personas usurpadoras que se han entronado en los Ministerios e Instancias Gubernamentales.
Aún así, les confieso que mi alma reaccionó ante el deterioro de la salud del Sr. Micheletti desde el mismo rincón donde viven y vivirán por siempre dentro de mí las muertes de Isis Obed, Pedro Mandiel y de cualquier otra víctima de esta cruel crisis.
Y entonces recordé la voz del presidente Manuel Zelaya ayer por la noche, reviví sus palabras furiosas a través de Radio Globo cuando le exigía al General Vásquez Velásquez que “se quitara su arma y saliera a enfrentar al pueblo como un hombre de verdad, que dejara de maltratar al pueblo.”
Lo cierto es que el reverberar del grito del presidente Zelaya aún habita en mi pecho y creo que me hace colocar el acento en el lugar correcto: los responsables de esta ruptura constitucional e inhumana, sean estos militares, policías, políticos, empresarios, empleados, subalternos o acomodados tienen la INMENSA e IMPRESCRIPTIBLE tarea de restaurar cada una de las heridas que han provocado aunque les requiera varias vidas el hacerlo.
Sin embargo, y en estoy soy igual de clara y firme, a ninguna de esas personas le deseo la muerte y más bien hago eco de las palabras de Otto René Castillo para aferrarme a la esperanza de que pronto el cielo se depejará y el viento traerá su fuerza sabia y y serena para llevarse estos momentos de oscuridad y dolor:
Nada podrá contra la fe del pueblo en la sola potencia de sus manos.
Nada podrá contra la vida.
Y nada podrá contra la vida,
porque nada pudo jamás contra la vida.
En resistencia,
Vita
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